Vigésima tercera semana del tiempo durante el año

Comentario a las lecturas de la liturgia del 10 al 16 de septiembre.

En carne propia o ajena, hemos podido comprobar que el ejercicio de la corrección fraterna es muy difícil. Sin embargo, escuchar este domingo a Jesús y al profeta Ezequiel, debería hacernos tomar conciencia de las consecuencias de haber sido incorporados por nuestro bautismo a Cristo -sacerdote, profeta y rey-, hasta la vida eterna: Como  Ezequiel, tenemos la obligación de advertir de su error a quien actúe mal. Y, especialmente si es hermano o hermana, porque ésa es nuestra deuda básica con ellos. La contrapartida es que también tenemos la obligación de escuchar a quien nos advierte de nuestros errores y faltas. Porque, en último término, es el mismo Jesús el que está presente en la comunidad. Como nos advierte Él mismo: “Donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos”.

En este mes de la Biblia, puede ser muy útil tener presente esta palabra de Jesús, para que con similar devoción a la de muchas personas, que exclaman, como el apóstol Tomás, “Señor mío, y Dios mío” en el momento de la elevación, consideremos también la presencia del mismo Cristo en la comunidad, desde el momento en que estamos reunidos. Y no para tenerle miedo, sino para reconocerlo vivo y presente en la persona de las hermanas y hermanos que nos rodean y con quienes compartimos las mesas de la Palabra y de la Eucaristía. Éstas nos preparan a la mesa del Banquete eterno, que ya comenzamos a gustar aquí. Por eso,  lo que escuchamos en la mesa de la Palabrapodrá seguir actuando en nosotros y, por medio de nosotros, en nuestro mundo. Lo que oigamos en esa mesa, tenemos la obligación de proclamarlo, para que no se nos pida cuenta de la sangre  (Ez. 33, 8) de los hermanos y hermanas.

El mensaje de Pablo a los Colosenses, que seguimos escuchando y considerando durante esta semana, puede confirmarnos en esta tarea profética. Como Pablo, estamos también llamados a completar en nuestra carne lo que falta a los padecimientos de Cristo “para bien de su Cuerpo, que es la Iglesia”. De manera que podremos, como él mismo nos propone, vivir “estrechamente unidos en el amor”, “arraigados y edificados en Cristo”, en quien hemos vuelto a la vida. Y si hemos resucitado con él, hemos de vivir como él, “buscando los bienes de arriba”: Al final, nos dice Pablo, no habrá ya ninguna división “sino sólo Cristo que es todo y está en todos”.

Hasta el fin del año litúrgico nos acompañará el evangelio de san Lucas. En esta semana contemplamos los comienzos del ministerio de Jesús en Galilea, hasta el sermón de la llanura, con la versión de las bienaventuranzas según san Lucas. Son claramente  “buena noticia” y no consejos morales: nos hacen mirar la realidad con los ojos de Jesús. Y desde esa mirada comprendemos y compartimos el conflicto de Jesús con los escribas y fariseos, que ya hemos comenzado a percibir.

El santoral de esta semana nos ofrece el recuerdo del Nombre de María, memoria ligada a la fiesta de su Natividad (que celebramos el 8), y ubicada en el día 12 para agradecer una victoria del rey de Polonia Jan III Sobieski contra los turcos en el año 1683. El 13 se recuerda a san Juan Crisóstomo (+407), patriarca de Constantinopla muerto en el destierro, por denunciar las injusticias de la corte imperial. El 15 se celebra la memoria de Nuestra Señora de los Dolores, efeméride ligada a la Fiesta de la Santa Cruz, que otros países recuerdan el 14, pero que nosotros  celebramos el 3 de mayo. El 16 se recuerda a los mártires Cornelio, papa (+253) y Cipriano, obispo de Cartago (+258), ambos importantes también en el desarrollo de la doctrina sobre la Iglesia y su estructura.