Vigésima séptima semana del tiempo durante el año

Comentario a las lecturas de la liturgia del 8 al 14 de octubre.

Una de las creaciones del P. Esteban Gumucio, junta la canción de la viña, de Isaías (que encabeza la mesa de la Palabra este domingo), con la alegoría de la vid y los sarmientos que recibimos de Jesús en el capítulo 15 del evangelio de san Juan. La liturgia de esta semana, en cambio, la une con otra alegoría, en la que Jesús se refiere a los administradores de la viña, y no a los frutos de ésta. No habla de cortar sarmientos inútiles, sino que denuncia la apropiación de los frutos, y de la viña misma, por parte de los administradores. Termina identificándolos: son los mismos sumos sacerdotes y ancianos que se han enfrentado con Él por haber expulsado a los mercaderes del Templo. A ellos, Jesús les anuncia: “El Reino de Dios les será quitado a ustedes, para ser entregado a un pueblo que le hará producir sus frutos”. Y no se trata de que Dios repudie al pueblo que ha elegido como su propiedad (porque “los dones y la llamada de Dios son irrevocables”), sino que rechaza a los administradores que han pretendido apropiarse de toda la viña, incluso dando muerte al Hijo, enviado, en última instancia, como demostración del amor y la confianza del Padre. Una apropiación que también puede darse en el nuevo pueblo que debería producir los frutos apetecidos. Por eso, el mismo Jesús ha advertido a sus discípulos que no se sientan señores ni maestros de nadie, sino que ‘el que quiera ser el primero, que sea el último y el servidor de todos’ (cf. Marcos 10,40-45 y par.). El olvido de este mandato es, posiblemente, la causa de la crisis eclesial que nos sacude. Ante ella, pidamos al Señor la gracia de seguir el consejo de Pablo a los Filipenses que escuchamos en la lectura anterior: recurramos a la oración y a la súplica, para que seamos configurados a imagen de Jesús.

En la semana, la Palabra nos hace fijarnos en los frutos que damos o no damos. Seguimos escuchando textos del post-exilio (siglo V a.C.), comenzando por el libro de Jonás, tal vez el más universalista de los libros del A.T. Desde el miércoles  nos hablan sus contemporáneos, los profetas Joel y Malaquías, que nos presentan al Señor como juez universal, que convoca a todos los pueblos ante su tribunal. Mientras tanto, llegamos a la parte central del evangelio de san Lucas: Tras habernos presentado a Jesús recibiendo lleno de gozo a los discípulos misioneros  que regresan, se nos presenta la parábola del Buen Samaritano, de innegable contenido cristológico; luego, la escena de Marta y María nos recuerda que sólo una cosa es necesaria: El centrar la vida en Cristo y llegar por Él a Dios, a quien podemos llamar Padre y en cuyo amor hemos de confiar, pidiendo constantemente, sobre todo, el don del Espíritu, que indudablemente nos será dado.  Al final de la semana volvemos a la realidad del rechazo que Jesús experimenta de parte de algunos. Tenemos ante nosotros la disyuntiva de estar con Cristo o contra Él: No hay términos medios. Y estar con él, consiste sobre todo en hacer la voluntad del Padre.

El santoral de la semana nos ofrece, el lunes 9, conmemorar a san Dionisio y sus compañeros mártires (+268), patronos de la ciudad de París, y titulares de la capilla de Montmartre, donde Íñigo de Loyola y seis compañeros dieron, el 15 de agosto de 1534, el paso inicial que llevaría a la fundación de la Compañía de Jesús. Ese mismo día se puede recordar a san Juan Leonardi (1541-1602), fundador de la Orden de la Madre de Dios, patrono de los farmacéuticos. El miércoles  11, aniversario del comienzo del Concilio Vaticano II,  se puede celebrar a san Juan XXIII (1881-1963), el papa que lo convocó. El jueves 12, los jesuitas recordamos al Bto. Juan Beyzym (1850-1912), ucraniano, que dio la vida cuidando a leprosos en Madagascar; el día 13 algunos calendarios recuerdan a san Eduardo, rey de Inglaterra (+1066), y  el 14 se puede celebrar la memoria de san Calixto, papa y mártir (+222), cuyo nombre se asocia a una de las principales catacumbas romanas.