Vigésima quinta semana del tiempo durante el año

Comentario a las lecturas de la liturgia entre el 24 y el 30 de septiembre.

Tras habernos llamado la semana pasada a perdonar con su lógica, incluso más allá del “ojo por ojo y diente por diente”, Jesús en este domingo nos llama a superar también la ley de la justicia distributiva y la de los méritos. En el Reino, no cuentan los méritos individuales… ya trabajar por el Reino es un premio. Es lo que se deduce de la parábola de este domingo, donde vemos al Dueño de la viña dar, al que sólo trabajó una hora, el mismo sueldo que al que trabajó doce. Por lo mismo, el impulso misionero no debería traducirse en proselitismo, sino en testimonio respetuoso de gozar de una alegría inmerecida que quisiéramos contagiar a quienes aún no han experimentado el llamado a trabajar con nosotros. Es la actitud que lleva al apóstol Pablo a sentirse libre para vivir en esta vida sólo para el bien de los otros. La justicia distributiva es propia de nuestra realidad de peregrinos. Una vez llegados a la fiesta, todos la compartiremos por igual. Dejaremos de mirar con envidia lo que la otra persona ha recibido. Se acabarán las comparaciones, que algún maestro calificó como la peste de la vida espiritual.

Tanto el domingo como los otros días de esta semana comparten un ambiente esperanzado de renovación. A partir del lunes, la mesa de la Palabra nos ofrece textos ambientados en los años del postexilio (s.VI a.C.): Esdras, Ageo y Zacarías prolongan el anuncio del tercer Isaías a quien escuchamos este domingo. Los pensamientos del Señor no son los nuestros: El pueblo elegido, en ese tiempo tuvo que reconocer al pagano Ciro como un “ungido” (= ¡Mesías!) del Señor. También los contemporáneos de Jesús debieron renunciar al sueño del Mesías guerrero para aceptar al Crucificado. Si queremos, como Iglesia, ser luz del mundo, debemos aprender que la credibilidad de nuestro testimonio no depende de la alianza con ningún poder del mundo, sino del seguimiento de Jesús, “entregado en manos de los hombres”. Un seguimiento que, si lo hacemos en serio, posibilitará que, “conservando la unidad del Espíritu, mediante el vínculo de la paz”, anunciemos a Cristo como plenitud de la vida humana.

En el santoral, la memoria de Nuestra Señora de la Merced resulta omitida por el domingo, en que estamos invitados a la Oración por Chile. El martes 26 se recuerda a los hermanos mártires Cosme y Damián, de historia bastante vaga, que habrían sido martirizados cerca de Antioquía de Siria, entre los años 284 y 305. El miércoles 27 (aniversario de la aprobación de la Compañía de Jesús [1540]) se celebra la memoria de san Vicente de Paul (1581-1660) fundador de la Congregación de la Misión y de las Hijas de la Caridad;  el 28 se recuerda a san Wenceslao, duque de Bohemia y mártir (+935) y también a san Lorenzo Ruiz y sus compañeros, un grupo de misioneros de espiritualidad dominica – laicos, religiosos, religiosas y sacerdotes – martirizados en Nagasaki entre 1633 y 1637. El 29, la fiesta de los santos arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael sirve para destacar la gloria de Jesucristo por encima de ellos. Y septiembre, “mes de la Biblia”, termina con la memoria del gran traductor de la Escritura al latín popular, san Jerónimo (+420). Por su parte, nuestros hermanos protestantes y evangélicos habrán recordado el 26  la primera edición de la Biblia en nuestro idioma, obra de Casiodoro de Reina (1520-1594).