Segunda semana de Pascua

Comentario a las lecturas de la liturgia del 8 al 14 de abril.

Durante toda la semana tras el Domingo de Pascua, hemos estado invitados a prolongar nuestra contemplación del Resucitado y hemos proclamado que en este día, Cristo, nuestra Pascua fue inmolado. ¿Cómo podemos escuchar esas palabras (y -quienes solemos presidir- proclamarlas!) sin experimentar algún tipo de rechazo? Porque no deberíamos acostumbrarnos a celebrar un sacrificio humano… ¡y eso es lo que anualmente conmemoramos en Semana Santa! No podemos limitarnos a contemplar una especie de película de terror con happy end... Mucho menos acostumbrarnos a ello. ¿Pero qué podemos hacer, entonces? ¿Apartar la vista del Crucificado para mirar al Resucitado? Eso sería evadirnos, como en un cuento infantil. Tampoco encerrarnos a llorar al que hemos visto destrozado en la cruz, para lamentar su derrota, que es nuestra derrota. Pero sí reconocer nuestra impotencia ante el poder del mal y del pecado… de nuestro mal y de nuestro pecado. Tal vez lo único que está a nuestro alcance es permanecer juntos, como los discípulos que, para compartir, sólo tenían su miedo. Allí se presentó el Resucitado, trayéndoles la Paz, y se presentó con sus llagas… y, si uno pidió tocar algunas llagas,  las otras, las de los azotes y las espinas ¿habrían desaparecido?

El Resucitado inició una nueva Creación insuflando en sus discípulos el Espíritu que en el Génesis aleteaba sobre las aguas… y por eso, del grupo de discípulos asustados nació una multitud que tenía un solo corazón y una sola alma… esa multitud de la que nosotros descendemos. Pero, ¿no habremos descendido demasiado? Tal vez por eso, la oración colecta de este domingo le pide al Dios de infinita misericordia que haga crecer en nosotros los dones de su gracia, de manera que no sólo se derrame sobre nosotros el agua que brotó del costado del Señor, sino también su Sangre. Esa Sangre que bebemos en cada Eucaristía, y que nos hace vivir la misma vida de Jesús, para que podamos hacer lo que Él haría en nuestro lugar, en nuestro tiempo.

En la semana, seguiremos de cerca a esa comunidad que compartía sus bienes en Jerusalén, para que en ella encontremos ejemplo y valor para seguir tras la Cruz del Resucitado, y el evangelio de Juan nos irá haciendo escucharlo a Él, el Cordero de Dios que el Bautista mostró a sus discípulos, el Cordero que aclamamos en cada Misa, el Cordero que en el Apocalipsis se nos manifiesta como el que es digno de recibir el Poder el honor y la gloria, porque por su Sangre compró a gentes de toda raza, pueblo y nación.

Volvemos a mirar el santoral, celebrando el lunes 9 la solemnidad de la Anunciación del Señor, trasladada desde el 25 de marzo. Allí contemplamos el comienzo del camino de Jesús en nuestra tierra, escuchando a la Madre que, seguramente, junto a la Cruz recordó las palabras que volvemos a oír de sus labios: “Hágase en mí según tu Palabra”.

En el calendario de esta semana se  menciona a  san Estanislao, obispo de Cracovia (1030-1079) -asesinado por reprochar a un rey su vida escandalosa-, y san Martín I, papa (+656) que fue dejado morir en la cárcel por defender la doctrina de la Iglesia contra la voluntad del emperador. Sus respectivas memorias están ubicadas el miércoles 11 y el viernes 13. Y podemos también evocar el recuerdo de santa Teresa de los Andes, cuya pascua se produjo el 12 de este mes, pero a quien celebramos en julio, en el día de su nacimiento.