Segunda semana de Adviento

Comentario a las lecturas de la liturgia del domingo 9 al sábado 15 de diciembre.

La liturgia dominical comienza anunciándonos que “el Señor vendrá para salvar a las naciones… hará oír su voz majestuosa y llenará de alegría” los corazones de su pueblo (cf. Isaías 30,19.30). Pero, mientras tanto, se confirma que la humanidad sigue aumentando la cantidad de anhídrido carbónico en la atmósfera… la que, por lo tanto, va haciéndose más irrespirable. Muchas personas migran de sus lugares de origen, buscando un futuro mejor en países ricos que cierran sus fronteras, mientras aumentan los nacionalismos y peligran acuerdos internacionales que nos auguraban una humanidad más unida. Los países de nuestro continente que hace cincuenta años parecían integrarse para asegurar mayor paz,  justicia y equidad para todos los latinoamericanos, siguen mirándose con desconfianza, mientras luchan para no ser dominados por el narcotráfico y la corrupción. Y mientras tanto, quienes deberían cuidar el rebaño del Señor, por culpas propias y ajenas, producen desconfianza y han perdido credibilidad. Entre “el santo Pueblo de Dios que peregrina en Chile” crece una sensación de orfandad, que lo hace evocar el salmo 42(41): Digo a Dios, roca mía, ¿por qué me has olvidado? (…) mientras me preguntan todo el día ¿dónde está tu Dios?

Suena paradójico, entonces, que la liturgia de esta semana nos llame a dejar la ropa de duelo y aflicción y a vestirnos de la gloria del Señor; a ponernos en lo alto y mirar cómo vienen los hijos de la Iglesia desde Oriente y Occidente. Y el personaje que nos acompañará en estos días es Juan el Bautista. A él lo asociamos generalmente con la austeridad y el esfuerzo por construir los caminos por los que venga el Señor. Y, sin embargo, parece que ésa no es la mejor manera de mirarlo. Tanto Baruc como el salmo de este domingo nos dicen que es el Señor, no nosotros, quien hace grandes cosas en favor nuestro. “Él dispuso que sean aplanadas las altas montañas y se rellenen los valles, para que su pueblo camine seguro bajo la gloria de Dios”. Nuestra conversión se ha de poner en acoger esa iniciativa de Dios. Y en atrevernos a hacer de nuestra comunidad un lugar de amor, de solidaridad, de acogida mutua, como la que describe san Pablo en su carta a los Filipenses. ¿Podríamos decirnos alguna vez, como él: “Dios es testigo de que los quiero tiernamente a todos en el corazón de Cristo Jesús”? Para cambiar el mundo hemos de ayudarnos mutuamente; hemos de transformar nuestras comunidades en células de ese Reinado de Dios que esperamos y anunciamos. Hagamos nuestra, entonces, la oración colecta de este domingo: Que nuestras ocupaciones cotidianas no nos impidan acudir al encuentro de Jesús… Y él no está por encima de las nubes ni en el fondo de la noche… Él está en medio de nosotros. Hay que saber verlo.

Durante la semana seguiremos saboreando el libro de Isaías, en “el Segundo Isaías”. El que padece el exilio en Babilonia y anuncia el nuevo Éxodo… El Señor será siempre fiel a su Alianza y liberará al pueblo de la esclavitud. Como lo demuestra Jesús, por su parte, liberando del pecado que paraliza, buscando incansable a la oveja perdida, invitando a llorar y gozar con Él. La semana termina mostrándonos a Juan como Elías, que viene a poner en orden todas las cosas. Y quedamos listos para entrar en la segunda parte del Adviento.

El santoral de esta semana tiene para nosotros su punto culminante en la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, el miércoles 12. María viene a ponernos con Jesús, y nos acoge en la persona de san Juan Diego, cuya memoria, el día 9,  resulta impedida este año, por coincidir con el domingo. El 11 se puede recordar al Papa san Dámaso I (+384), quien promovió el culto y el recuerdo de los mártires romanos. El 13 se recuerda a santa Lucía (+304), popular doncella y mártir de Sicilia, y el 14 se celebra a san Juan de la Cruz (1542-1591), gran místico y poeta castellano, colaborador de santa Teresa en la reforma del Carmelo. Su poesía puede disponernos  a encontrarnos con Jesús, aun en medio de la noche oscura.