Pausa Ignaciana

Con esta columna del P. Pablo Walker SJ iniciamos una nueva sección en nuestra web www.jesuitas.cl. En Pausa Ignaciana escribirán, cada miércoles, filósofos, sociólogos, académicos, ingenieros, jóvenes, laicos y laicas y otros sacerdotes, para comentarnos temas que ameritan una reflexión más profunda.

El nombre de esta nueva sección representa lo que queremos que sea este espacio, un lugar de análisis y diálogo sobre los temas que nos preocupan. La pausa ignaciana o también conocido como el examen de conciencia, tiene su origen en los Ejercicios Espirituales y es una instancia que se propone al finalizar el día. Lo que busca es reflexionar en 5 momentos: dar gracias, pedir luz, revisar el día vivido, pedir perdón y proponer cambios .

La salvación de lo bello

Pablo Walker SJ

Un pequeño libro, “La salvación de lo bello”, de Byung-Chul Han, llega como aire fresco en el enrarecido momento eclesial. Nos viene a salvar de la hipocresía de la pseudo-pureza. Llega por la ventana con una franqueza que ilumina.

Ahondando en su diagnóstico de la época actual como modelada por la superficialidad de “lo puli-do, pulcro, liso e impecable”, el autor sostiene que una buena parte de nuestras relaciones en la sociedad contemporánea se parece al arte de Jeff Koons y su Ballon Dog: un perro faldero hecho de globos de colores vivos. Se trata de una escultura que no oculta nada porque no contienen nin-guna interioridad, sólo es aire, una superficie pulida capaz de reflejar al espectador y provocarle placer. Es un objeto hecho para el tacto, sin rugosidades, sin fisuras, sin negatividad, sin demoras, completamente funcional a la vida que ya tenemos. Como un smartphone que pide ser acariciado en el bolsillo. En él no hay astillas, no hay la alteridad que hiera ni signos de ninguna quemadura…

Según su autor nuestra modernidad redujo lo bello a lo lindo y separó fatalmente lo bello de lo su-blime. Las cosas bellas-pulidas fueron higienizadas de los rasgos atemorizadores de lo hiriente, de lo extraño, de lo oscuro, de lo sufrido. Fueron desalmadas al quitarle toda negatividad. Vinculadas al circuito del consumo las cosas bellamente pulidas son siempre funcionales, auto eróticas dirá Byung-Chul Han. Son como un gran espejo que refleja mi placer de vivir así: no me pone delante de nada diferente de mí mismo en mi estado actual.

Por el contrario, las cosas sublimes (los abismos, la noche, el desierto, el océano, lo impenetrable de la naturaleza o de la conducta humana) nunca gratifican, nos ponen ante lo radicalmente distinto de lo que creemos que somos: ante lo enorme, lo desmedido, lo inmenso que aterroriza siempre y atrae a veces, por su autenticidad sobrecogedora. Lo sublime nos ubica, nos pone en nuestro lugar: lo enorme de nuestra ambigüedad, lo desmesurado del amor gratuito. Lo gigantesco de la minúscula viuda del Evangelio que dio todo lo que tenía para vivir; lo desproporcionado del mezquino que negó a otro el perdón gracias al cual él mismo estaba vivo. Reflejan lo desmesurado de la grandeza y bajeza humana que llevo dentro. Reflejan lo Sagrado del Dios más grande que lo que hemos di-cho de él, presente justamente en lo impuro, por contraste doloroso, no presente en lo pulido que es pura inautenticidad. Quizá por eso Pablo Neruda nos desafía a buscar esa “poesía impura”, donde “la confusa impureza de los seres humanos se percibe”. Y Jesús nos llamaba a “adorar en espíritu y verdad”, porque sólo “la verdad los hará libres”, sólo el arte y el evangelio que muestra sus cicatri-ces es veraz y lúcido, es capaz de conmocionar, remover y ayudarnos a cambiar de vida.

Pienso ahora como la crisis del clero se refleja en el Ballon Dog. En ese brillo falso de una mascota hecha de globos nos vemos como en un espejo trágico. Se desinfla nuestra escultura de sacerdotes encantadores, de personas impecables y superiores; se quiebra ese fetiche brillante e indolente ante el alma sufrida de nuestro pueblo, lejano del Evangelio de Jesús. Nos refleja el pavoroso daño que el culto a nuestro prestigio hizo a personas que confiaban en nosotros. Nos devuelve el rostro de nuestras víctimas. Nos acusa el frívolo formalismo de funcionarios útiles al encubrimiento; nos encara nuestras pulcras liturgias, sonsonetes clericales e investiduras que terminan velando el rostro del Jesús cercano, del “Dios con nosotros” que es el único que salva. Nos reconocemos desenmas-carados, descubriendo que esa pretensión de superioridad moral era puro aire encerrado en plásti-co. Nos vemos también junto a los laicos a quienes era útil nuestro brillo. Y, paradojalmente, en ese reconocimiento de nuestra opaca “negatividad” (usando las mismas palabras de Byun-Chul Han) recomienza la búsqueda de la Belleza de lo Sublime, la del Dios más grande que nosotros, la del Dios de Jesús. Quizá a ello se refería la catequesis con lo del Santo Temor de Dios: a no usar el nombre de Dios en vano. Ni el del que sufre… la oportunidad de vivir un poco más estremecido y un poco menos acostumbrado.

Quienes somos parte de la Iglesia estamos llamados a inculturarnos, pero no a asimilarnos a un mundo que maquilla la herida para parecer terso. Jesús no es ni el “Flaco buena onda” fácil de di-gerir para el adolescente, ni el “Gran proveedor” estratégico para nuestros negocios. La “e-normidad” de su palabra y su silencio aterra y fascina a la vez, como aterra y fascina su libertad, su salvación, su cruz, su justicia, sus bienaventuranzas. No es funcional a la vida que ya tenemos, posee una belleza sublime, no linda. Y parece que esa aterradora disfuncionalidad suya, la de un amor más grande, la del perdón y del llamado a ser grano de trigo, es la única buena noticia que honra “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo” (Gaudium et Spes 1).