Pausa Ignaciana: Las preguntas de Ernesto

Las interrogantes que un niño hace a su padre en la novela Los Ríos Profundos de José María Argüedas llevan a nuestro columnista a repensar nuestras comunidades, así como el seno de nuestra propia Iglesia. Interesante reflexión del profesor Juan Pablo Espinosa en nuestra sección Pausa Ignaciana.

Por Juan Pablo Espinosa Arce (*)

Las preguntas, nuestras preguntas. Somos los animales que preguntan, que nos cuestionan-cuestionamos. El teólogo español Juan Alfaro llega a decir que son las preguntas las que definen al ser humano. Con ellas nos abrimos al mundo, tanteamos distintas posibilidades de respuestas hasta reconocer alguna de ellas como más significativa. Las preguntas son hermanas del asombro, de la interrupción de lo nuevo en medio de la normalidad, de la rutina. Asombrarse es practicar una de las dimensiones fundamentales de las ciencias humanas, naturales o exactas. Todo gran descubrimiento comienza con una interrogante. El ser humano pregunta y Dios también pregunta.

La Biblia está plagada de las interrogantes del Creador: al comienzo preguntó a Adán donde se había escondido; a Caín por la suerte de Abel; a Elías a la entrada de la cueva del Horeb. Jesús también preguntaba: al joven rico sobre su declaración de bondad (¿por qué me llamas bueno?); a los discípulos por su propia identidad (¿quién dicen que soy yo?); a Magdalena por su llanto y a los de Emaús por su conversación. Ser humano y Dios se encuentran en las preguntas. El ser humano abre su mundo a través de las preguntas. Y es sobre todo en la infancia donde se despliegan esas interrogantes fundacionales de la vida humana.

El filósofo Manuel García Morente dice que los niños son los filósofos por excelencia: ¿por qué pasa esto?, ¿qué es esto?, ¿a qué hora vamos a llegar?… Son las preguntas de Ernesto. Ernesto es el niño protagonista de la novela Los ríos profundos escrita por el peruano José María Argüedas. Quisiera ver en Ernesto el modelo de nuestras preguntas y de la aventura de la vida humana que desestabiliza y remueve las telarañas de nuestras seguridades. Ernesto es el infante por excelencia. La infancia (infans) es vivir en (in) la fábula (fans), en la fantasía, en el juego y en lo nuevo. Por algo el nazareno dijo que los que quisieran entrar en la lógica de Dios debían ser como niños: dispuestos al asombro, a la curiosidad, a evitar la lógica de lo clausurado. Esa es la infancia, y así actúa Ernesto, el niño de los ríos profundos. La motivación de esta Pausa es que todos seamos como Ernesto. Hay un niño interior en cada uno de nosotros que busca despertar nuestro sopor, desajustar nuestro mundo estructurado y vivir lo nuevo de cada día.

Comienza el diálogo de Ernesto con su papá cuando ambos contemplan las piedras del Cuzco: “Papá —le dije—. Cada piedra habla. Esperemos un instante. — No oiremos nada (responde el padre). No es que hablan. Estás confundido. Se trasladan a tu mente y desde allí te inquietan (Continúa Ernesto): —Cada piedra es diferente. No están cortadas. Se están moviendo. Me tomó del brazo. (Continúa el padre) —Dan la impresión de moverse porque son desiguales, más que las piedras de los campos. Es que los incas convertían en barro la piedra. Te lo dije muchas veces. (Inquiere Ernesto)—Papá, parece que caminan, que se revuelven, y están quietas. Abracé a mi padre. Apoyándome en su pecho contemplé nuevamente el muro (Sigue Ernesto): —¿Cantan de noche las piedras? —Es posible (responde el padre). ¡Mira, papá! Están brillando. (Finalmente responde el padre)—Sí, hijo. Tú ves, como niño, algunas cosas que los mayores no vemos. La armonía de Dios existe en la tierra.

Pausa Ignaciana: “Dígame Padre…”

Se puede sentir la cadencia del relato y también la diferencia de mundos y percepciones entre Ernesto y su padre. Ernesto está abierto a lo nuevo: las piedras hablan, cantan, brillan, se mueven. El niño es capaz de preguntar por cuestiones que en la realidad no existen, si es que ellas solo se contemplan desde una lógica funcional o clausurada. Mientras Ernesto percibe, en su amplio y profundo mundo que las piedras de Cuzco se mueven, su padre – en su lógica de adulto terminado, sin nada más que aprender, le dice que sólo son visiones de su mente infantil. Si para Ernesto las piedras cantan (¡esa es la gran pregunta del niño!) para su padre ella son solo arquitectura incaica, un conocimiento que ya había sido comunicado.

Creo que en este tiempo debemos entrar más en la lógica de Ernesto que en la clausura del padre. La Iglesia que amamos también debe aprender a ser una comunidad de preguntas y también debe dejarse interpelar por preguntas. Las cuestiones más profundas de la vida humana son espacios para dejar que lo nuevo despunte, siempre nueva, siempre creativa. De los juegos y preguntas de Ernesto, el padre comienza un proceso de “bajar” al mundo del niño y de comprender cómo su hijo también tiene razón: sí hijo, tu tienes una mirada más agradecida e integral del mundo, que es también la mirada de Dios. Las preguntas son nuestros ríos profundos. Ernesto es modelo de humanidad. El Cuzco de Argüedas se repite en cada uno de nuestros propios Cuzco. Sólo dejando espacio a lo nuevo podemos ser capaces de entrar en la misma lógica de Dios y de la vida humana.

(*) Académico Universidad Alberto Hurtado y Universidad Católica de Chile, Educador y Teólogo