Pausa Ignaciana: Experiencia de Dios

Esta semana Samuel Yáñez nos invita a reflexionar sobre la raíz humana de la experiencia religiosa: "¿Un sentimiento peculiar, el sentimiento religioso, o bien el deseo de ir más allá, acaso la conciencia de la propia finitud?".

Experiencia de Dios

Samuel Yáñez

Hace unas semanas acepté la invitación a participar en este nuevo espacio de Jesuitas Chile, con una breve reflexión cada cierto tiempo. No me ha sido fácil elegir un primer tema: ¿de qué escribo? Finalmente, me decidí a compartir brevemente una idea que he tenido que presentar en un curso de filosofía que ofrecí este año. He aquí, pues, una idea de la filosofía de la religión de Xavier Zubiri –la de religación-, que puede servir para algo a algún lector o lectora.

Una interrogante que buscó responder este filósofo fue la siguiente: ¿cuál es la raíz humana de la experiencia religiosa? ¿Un sentimiento peculiar, el sentimiento religioso, o bien el deseo de ir más allá, acaso la conciencia de la propia finitud?

Zubiri (1898-1983) estuvo convencido que la experiencia religiosa de la humanidad, tan vasta y diversa, posee una especie de núcleo. Esa médula es la experiencia del poder que lo fundamenta todo, que abre posibilidades a nuestras vidas y que nos envía a realizarnos en libertad. Se trata de la experiencia del poder de la divinidad, de los dioses o de Dios (según se trate de religiones panteístas, politeístas o monoteístas).

Creer en Dios implica tener una cierta concepción del mismo, por muy rudimentaria que sea. La fe en Dios no es algo meramente racional, pues en la fe religiosa están también comprometidos sentimientos, deseos, opciones, conductas, etc. Pero también hay conceptos. Desde esta perspectiva, las diversas religiones expresan y suponen concepciones sobre Dios que los seres humanos hemos desarrollado. La variedad es grande. Las religiones, entonces, afirman que el fundamento del poder que sostiene todo, que abre posibilidades y envía al ser humano a realizar su vida, es Dios (o dioses, o la divinidad).

Pero las afirmaciones que hacemos tienen a su base algo más originario. En efecto: si alguien afirma “la puerta de tu casa es café”, es porque la ha aprehendido ya de alguna manera, y, mediante la afirmación, la determina como tal. Las afirmaciones están montadas, escribió Zubiri, sobre un nivel aprehensivo primordial.

Entonces: ¿qué es aquello primordial que está a la base de la afirmación “el fundamento del poder que lo sostiene todo es Dios”? Hay que tener cuidado aquí, porque la afirmación atea “el fundamento del poder que lo sostiene todo no es Dios”, es también una afirmación y supone, por tanto, un nivel aprehensivo primordial. Zubiri piensa que en ambos casos se trata de algo semejante.

Pues bien, la idea de Zubiri fue que lo que está a la base de las afirmaciones teístas y ateas es la aprehensión del poder de realidad que sostiene todo, nos abre posibilidades y nos envía para realizar la vida. Este poder de realidad es nuestro arraigo, y está co-aprehendido en cualquiera de nuestras aprehensiones. No podemos vivir humanamente sin las realidades concretas entre las que vivimos. Estas realidades concretas poseen un poder respecto de nuestra vida. Pero, según Zubiri, se trata del poder de realidad en ellas, pues dicho poder nos deja libres para vivir, es decir, de algún modo nos libera de la tiranía instintiva sujeta a cada realidad concreta.

En definitiva, estamos religados al poder de realidad en las realidades concretas: es la idea de religación. Esta es un terreno común a todos los seres humanos, a los teístas de las diversas religiones, a ateos y a agnósticos. Se trata de un dato radical. Las religiones son las plasmaciones individuales, sociales e históricas de esta religación, en sentido teísta (el fundamento es Dios). Las vías ateas también son plasmaciones de la religación, pero en un sentido no teísta (el fundamento no es Dios).

En suma, la raíz humana de la experiencia religiosa es la religación. Ella nos constituye y se plasma en sentimientos, deseos y concepciones. Se pueden sacar algunas consecuencias. Primera: por estar religados, la pregunta por el fundamento del poder de realidad nos es ineludible a los seres humanos. Nos habita un enigma. Segunda: teísmos y ateísmos son plasmaciones, vías de respuesta a este enigma. Ambos pretenden ser caminos de realización hacia la plenitud humana. Todos llevamos una inquietud: ¿qué será de mí, qué haré de mí? Podemos conversar, discutir y colaborar. Tercera: porque nos es ineludible la pregunta por el fundamento del poder de realidad, en esta pregunta ineludible puede hacer pie la revelación del mismo Dios. Y dicha revelación implica, de parte del ser humano, no sólo una actitud pasiva y receptiva, sino también activa y creativa. El problema del fundamento es también el problema de uno mismo como persona que ha de ir realizándose.