Octava de Navidad

Comentario a las lecturas de la liturgia del miércoles 26 de diciembre al martes 1 de enero de 2019.

Tal vez, la mayoría de nosotros asocie la palabra “octava” al vocabulario musical. Pero en la liturgia fue muy usado y hasta respetado. Por ejemplo, en Latinoamérica celebramos la fiesta de santa Rosa de Lima el día 30 de agosto, realmente en la “octava” del día en que murió. Porque su “pascua” ocurrió en la madrugada del día de San Bartolomé, santo del que ella era muy devota. Y, como en ese tiempo la fiesta del apóstol se celebraba con “octava”, cuando santa Rosa fue canonizada, su fiesta se fijó al final de esa octava, esto es el 30 de agosto. Como la fecha se hizo tradicional en muchos lugares (Chile entre otros), los calendarios locales la han conservado, pero en el calendario universal santa Rosa se celebra el 23 del mismo mes… día de su muerte.

Esto viene para recordarnos que actualmente sólo se celebran oficialmente dos “octavas” en la liturgia de la Iglesia latina: La de Pascua y la de Navidad. Porque son los dos ‘focos’ del año litúrgico. La ‘Octava’ de Pascua es tan privilegiada como la Semana Santa: Normalmente no se permite usar otro formulario de celebración de la Misa que no sea  el del día correspondiente de la octava. Y en el prefacio de la Plegaria Eucarística, así como en ciertas fórmulas breves que se introducen en la misma Plegaria, se repite que estamos celebrando “este día” en que Cristo resucitó, expresión que se cambia por “este tiempo” en los prefacios de las restantes semanas del tiempo pascual.

La Octava de Navidad tiene menos “privilegios”. En parte, porque la misma fiesta nace y se desarrolla entre comienzos del siglo III y mediados del IV, para cristianizar las celebraciones del “Nacimiento del Sol Invicto” (equivalente latino del “Wetripantu” de nuestros pueblos originarios). Y, además, porque en el mismo tiempo en que se fijó la celebración de la Navidad, se la asoció con la de ciertos ‘testigos’ que la comunidad consideró justo adjuntarle: La fiesta desan Esteban (el 26) el primer mártir, la de san Juan Evangelista (27), al que se identifica como ‘el discípulo amado’, y la de los Santos Inocentes (28), víctimas de la primera persecución contra Jesús.  Ellos nos acompañan en esta semana, en la que se nos mueve a tener siempre presente que estamos celebrando “el día santísimo en que la Virgen María dio a luz al Salvador del mundo” (esta es una de las expresiones que la liturgia introduce en las Plegarias eucarísticas en esta ‘octava’), porque el Señor no vino como un fuego artificial que nos hace gozar sólo un instante, sino que siempre está con nosotros ‘todos los días, hasta el fin de la historia’.

La Octava se cierra el 1 de enero, con la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios[1], el título de María que fundamenta toda nuestra relación con ella. Porque es un título ligado a la persona de Jesucristo… porque Él es Dios, llamamos Madre de Dios a María. Y el misterio que celebramos en estos días es el hecho deslumbrante de que Dios haya querido despojarse de su rango, para hacerse uno de nosotros (cf. Fil. 2,7). En ese contexto, la celebración de laSagrada Familia de Jesús, María y José, nos desafía, al mismo tiempo,  a encontrar y testimoniar la presencia de Jesús en la vida familiar.

 

[1] Para la Iglesia, Jornada Mundial de la Paz, conmemoración fijada por San Pablo VI en 1966. En este año se celebra con el lema: La buena política está al servicio de la paz.