Mag+s y JMJ Centromérica 2019

Entre el 9 y el 31 de enero, 32 jóvenes de Arica a Chiloé pertenecientes a distintas obras y proyectos vinculados a la Compañía de Jesús, participaron en Centroamérica de dos multitudinarios encuentros: la Experiencia Magis, organizada entre distintas congregaciones vinculadas a la espiritualidad ignaciana, y la Jornada Mundial de la Juventud. Aquí les presentamos cuatro testimonios que expresan cómo se vivió y cantó la fe en este encuentro de juventudes  del mundo entero. Por Jesuitas Chile y Red Juvenil Ignaciana

GABRIELA REHBEIN, PUERTO MONTT

El MAG+S CAM se desarrolló en distintos países de Centroamérica. A la delegación chilena nos  tocó el privilegio de vivir la experiencia en Honduras, con compañeros coreanos, taiwaneses, dominicanos y hondureños. Tuve la posibilidad de compartir tres días con la comunidad de Arizona, en Jilamito, Las Quebradas y Las Brisas, lugares hermosos con paisajes impresionantes e imponentes, ricos en recursos naturales, lo que es muy valorado y cuidado por las personas de la comunidad, pues tienen claro que estos son su sostén para la vida y herencia para las nuevas generaciones. Lamentablemente, Honduras es un país desigual, injusto y corrupto, y la principal lucha se centra en la protección constante de los recursos que las termoeléctricas y mineras quieren utilizar para su propio beneficio. Lo que atesoro de mi experiencia en ese país es la gente con la que compartí. Me traje a Chile la valentía, la hermandad, la organización, el respeto por la vida, y que lo importante de una comunidad son las personas que forman parte de ella; cada una aportando al cuidado de la casa común y al bienestar de sus integrantes. MAG+S, tu palabra transforma… ¡Claro que me transformó!

NATACHA CORNEJO, PARROQUIA SAN IGNACIO DE LOYOLA DE PADRE HURTADO

MAG+S es una experiencia que te desafía, que te hace salir de tu zona de confort, que te involucra con personas, lugares y realidades; y hace que te cuestiones ¿qué estoy haciendo con mi vida? ¿Qué está pasando con la gente en el mundo? ¿Y conmigo? ¿Es normal tanta diferencia? Pero, sobre todo, hace que te encuentres con esa realidad injusta, pero que existe; que te encuentres con ese pueblo que sufre y es abatido, pero que se ama, se une y lucha, que comparte el pan diariamente, haciendo eucaristía sin notarlo, viviendo en comunidad, siendo Iglesia sin saberlo, porque tienen a Dios tan integrado en sus vidas que son uno solo, y ya no se distingue el uno del otro. Recuerdo que en mi parroquia se cuestionó la importancia de esta experiencia: “¿Por qué lo hacemos?”. “¿Es necesaria para la formación de nuestros jóvenes invertir el tiempo, el trabajo y el dinero que significa ir al MAG+S?”. “¿Qué les estamos entregando realmente?”. Para mí, fue necesario ir, porque estaba dormida en la cotidianidad de la vida y el trabajo de la parroquia, estaba sumergida en excusas y estancada por la pereza, viviendo el Evangelio a medias, porque me era más cómodo. Nunca lo había notado, hasta que me atropelló esta realidad y me invadió la valentía hondureña, personas osadas y entregadas, que viven el amor del Evangelio cada día, amor por la creación, por el prójimo, por ellos mismos. Yo fui evangelizada por ese amor y ahora que vivo en él solo quiero transmitirlo; transmitirlo con el ejemplo, tal cual me fue entregado en el MAG+S en Honduras.

 ÓSCAR SEPÚLVEDA, ANTOFAGASTA

“Contento Señor Contento”, así fueron los diez días en Honduras y diez en Panamá que me dejaron personas y momentos trascendentes en el corazón. Pensar en que nos congregó la misma fe y la esperanza de una Iglesia renovada y honesta al servicio del mundo, hizo todo muy trascendente. Desde San Salvador, escala previa a Tegucigalpa, Centroamérica nos mostraba sus paisajes selváticos. Y hacíamos esos mismos traslados y conexiones que otros hacen para tener la posibilidad de migrar hacia nuevos horizontes en busca de oportunidades, para conseguir una vida digna. Honduras es un país donde siete de cada diez personas son pobres, principalmente debido a la corrupción, pero viven la fe con más amor y alegría que ningún otro. Y Panamá es un país distinto, con mayores oportunidades y comodidades, pero que de todas formas esconde una realidad humana “al otro lado del canal”. Así se mostró siempre Centroamérica, honesta, esperanzadora y luchadora, porque una gran mayoría es la que hoy sufre, y otra mínima parte es la que provoca ese sufrimiento. Pero, como me dijo un sacerdote en Honduras, “mientras Dios quiera, aquí seguiremos más fuertes que ayer, luchando por la paz y la justicia”.

 JAIME SOBARZO, CONCEPCIÓN

Durante los seis días que duró la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ), nunca solté la cámara de fotos. Logré quedarme con todas las imágenes que viví en Panamá. Los rostros de peregrinos de cientos de países, los niños en las calles gritando “¡bienvenidos!”, la emoción de los panameños al saber que el papamóvil venía a unas cuadras, el recogimiento en cada eucaristía. Todos los peregrinos irradiaban la misma alegría y tenían muy claras las razones para estar ahí. En Concepción, donde me relaciono con muchos carismas y movimientos de Iglesia, siempre me pregunté: “¿Vivirán de distinta forma la fe en otras partes del mundo?”. Había peregrinos que animaban con tambores y bailes, algunos no soltaban la guitarra, cantando de memoria salmos, y otros repetían “maquinalmente” su rosario. La JMJ me mostró claramente que, sin importar las circunstancias de cada uno, la razón para estar ahí era la fe profunda en Dios (no entendida como el aceptar o no el catecismo), que imprime la certeza de que Jesús te llevará y te ayudará a realizar de manera más auténtica la vida, y así lograr que esa esperanza entre también en la vida de tus hermanos. Ese era el motivo de su alegría. El amor de Dios abarca más de lo que imaginamos.