La Santidad, camino para reconstruir

En marzo pasado se dio a conocer la exhortación apostólica del Papa Francisco, Gaudete et exsultate, sobre la llamada a la santidad en el mundo contemporáneo. La exhortación —comentada en las siguientes líneas—, hace creer con firmeza que “poner el camino a la santidad en el centro de nuestra misión como Iglesia es lo que nos permitirá forjar realmente un cambio en aquellos ‘temas más serios’”.

El 19 de marzo de este año, Francisco dirigió una nueva carta a toda la Iglesia. El “Papa de las sorpresas”, nuevamente se convertía en portavoz de una buena noticia sencilla, alegre y cotidiana. Esta vez, el llamado a la santidad es el centro del mensaje, porque Jesús “nos quiere santos y no espera que nos conformemos con una existencia mediocre, aguada y licuada” (1).

¿Pero, por qué hablar de santidad hoy? El llamado parece disonante y atemporal a la realidad que el mundo vive. Ante esta carta, un joven me decía: “honestamente, creo que deberían tratarse temas más serios. Están los abusos, los migrantes, la pobreza… ¿santidad hoy?”.

Sin embargo, luego de leerla, creo con mayor firmeza que poner el camino a la santidad en el centro de nuestra misión como Iglesia es lo que nos permitirá forjar realmente un cambio en aquellos “temas más serios”. Preocuparnos por la santidad nos hará responder con valentía y creatividad a esa renovación eclesial a la que Francisco nos invita tras su carta a todo el pueblo de Dios que peregrina en Chile (2).

“Una Iglesia profética y, por tanto, esperanzadora, reclama de todos una mística de ojos abiertos, cuestionadora y no adormecida” (3). Creo que tan solo con el deseo a una vida santa —como el Papa la expone—, se hará vida en la Iglesia chilena.

LA SANTIDAD, NUESTRO “CARNÉ” DE MAYORÍA ESPIRITUAL

Francisco comienza su exhortación aclarándonos que la cuestión de la santidad es un don que se ha derramado en todo el pueblo de Dios. La puerta de entrada a una vida de santidad es la vida en comunidad, en una historia colectiva, porque “Dios quiso entrar en una dinámica popular, en la dinámica de un pueblo” (4).

Esta cuestión es fundamental. Tan solo reconociéndonos parte de una comunidad humana, seremos capaces de encontrar el propio camino de santidad al que Dios nos llama. Es el mismo Dios el que nos regala ser parte de un pueblo y, de paso, nos da un lugar en él. Esto es principio de creatividad y novedad constante. Cabe preguntarnos, ¿qué estoy haciendo con este regalo? “Seguramente, los acontecimientos decisivos de la historia del mundo fueron esencialmente influenciados por almas sobre las cuales nada dicen los libros de historia” (5).

Pensemos un momento en nuestra familia, sus logros, anhelos y esperanzas; en alguna amiga o amigo que nos consoló; el camino de libertad que ha ido construyendo nuestro país… De seguro nos sorprenderá cuánta gente ha sido reflejo de Dios en estas dinámicas populares. Aquí y ahora se está dibujando el rostro de la “clase media de la santidad” (6).

En el plano civil la mayoría de edad es la puerta de entrada a una participación activa de una vida en sociedad. En lo espiritual, la mayoría de edad es aceptar la invitación a vivir la totalidad de nuestra vida como una misión en Cristo (7); es poder abrir nuestro corazón a su amor y dejar que, por medio de su Espíritu Santo, él comunique su vida a la comunidad en la cual vivimos. Asumir esto, sin duda, nos hará “más vivos, más humanos” (8); mujeres y hombres trabajando en comunión, para hacer de nuestra Iglesia una comunidad gozosa de vivir en Cristo.

Tan solo reconociéndonos parte de una comunidad humana, seremos capaces de encontrar el propio camino de santidad al que Dios nos llama.

¡ADIÓS A LA CULTURA DEL ABUSO!

El segundo capítulo de la exhortación nos quiere prevenir de dos sutiles enemigos de la santidad: el gnosticismo y el pelagianismo actuales. Antiguas herejías cristianas que hoy se vuelven a dar. El gnosticismo nos hace vivir a un Jesús que es solo una idea que fascina y que puedo usar como a mí me plazca. ¡Cuántas veces nos fabricamos un Dios a nuestra manera! El riesgo aquí es “convertir la experiencia cristiana en un conjunto de elucubraciones mentales que terminan alejándonos del Evangelio” (9).

El pelagianismo, por otro lado, lo centra todo en nosotros mismos; el “yo, yo” del seguimiento de Jesús. Cuando caemos en esta dinámica olvidamos que todo lo que podamos llegar a hacer nos viene como una consecuencia del amor que Dios nos tiene. “Amor saca amor” (10), decía Santa Teresa de Ávila; en esta lógica, somos invitados simple y profundamente a hacernos parte del amor que Cristo desborda a través de la historia de la humanidad. Cuando caemos en el pelagianismo, nos adueñamos de ese amor, y como somos frágiles y limitados, más temprano que tarde “nos quedamos cortos”; o bien, comenzamos a llenarnos de auto-exigencias que nos ahogan y van generando sombras en nuestra comunidad.

Como Iglesia chilena, sufrimos hoy por las consecuencias de estos enemigos que han ido engendrando en nuestra comunidad la “cultura del abuso”. Esta “es incompatible con la lógica del Evangelio, ya que la salvación ofrecida por Cristo es siempre una oferta, un don que reclama y exige la libertad” (11). El gnosticismo y el pelagianismo nos hacen olvidar esta gratuidad del amor de Dios; nos hacen sentir superiores a los demás, desenraizándonos de nuestro pueblo; olvidando que en el rostro del prójimo vemos el de Dios.

UN CAMINO PARA RECONSTRUIR

La realidad de que el rostro del prójimo es hoy —y siempre— el rostro de Dios, es la que nos permitirá vivir realmente como santos y santas en el mundo actual. Es más, en esto consiste la santidad. Así se va engendrando una “comunidad que preserva los detalles de amor”(12), para dar a luz una cultura del cuidado (13). Gaudete et exsultate nos hace sentir y creer que juntos nos hacemos santos: en una sonrisa calurosa, en el esfuerzo de llevar el pan a casa, en el “buenos días” cotidiano, en el abrazo que consuela, en una cena compartida, en una mirada que nos hace sentir amados, en el buen humor, en la lucha por la paz y la justicia… La lectura de esta carta nos anima a decir, en comunión y junto a Jesús: “¡Señor, que venga tu reino!”. ¡Desde la santidad es posible reconstruir
nuestra Iglesia!

Fotografía: Guillermo Alessandri.

1 Cfr. Gaudete et exsultate, n° 1.
2 Carta del Papa al Pueblo de Dios que peregrina en Chile, 31 de mayo de 2018.
3 Cfr. Carta al Pueblo de Dios que peregrina en Chile, n° 2.
4 Cfr. Gaudete et exsultate, n° 6.
5 Cfr. Gaudete et exsultate, n° 8.
6 Cfr. Gaudete et exsultate, n° 7.
7 Cfr. Gaudete et exsultate, n° 19-24.
8 Cfr. Gaudete et exsultate, n° 32-34.
9 Cfr. Gaudete et exsultate, n°46.
10 Teresa de Ávila, Vida, cap. 22, 14.
11 Cfr. Carta al Pueblo de Dios que peregrina en Chile, n° 5.
12 Cfr. Gaudete et exsultate, n° 145.
13 Cfr. Carta al Pueblo de Dios que peregrina en Chile, n° 4.