Bailes y religiosidad en la Fiesta de La Tirana 2019

En 10 días miles de fieles llegan a la región de Tarapacá para unirse en devoción a la Virgen del Carmen. Pablo Peña SJ. y Marcelo Oñederra SJ. nos cuentan desde el norte que significa para la comunidad jesuita ser parte de esta auténtica forma de vivir la religión.

Por: Javier Rios R.

En el desierto más árido del mundo, donde pocos creen que haya vida, y tras la estela del polvo que vuela con cada salto y paso endiablado, surgen los deslumbrantes movimientos de las cofradías religiosas que este 2019 se dan cita en el pueblo de La Tirana para alabar a la Virgen del Carmen, patrona de Chile.

Entre los más de 200 mil peregrinos que llegan a este lugar de la comuna de Pozo Almonte, en la Región de Tarapacá, el P. Pablo Peña SJ. luce igual de emocionado al contestarnos el teléfono. El párroco de la Parroquia Santa Cruz en Arica, asesor de la Red Juvenil Ignaciana y de voluntarios Volcar, nos explica cómo está celebración mantiene una devoción única en el país.

-Es una pregunta que me he hecho desde que llegue a Arica. La gente expresa mucha devoción, y todos estos momentos están muy insertados en sus genes. El mensaje se transmite a nivel familiar con mucha fuerza.  La sensación inicial es que todos los años crece un poco más, es una fiesta muy esperada en la región. En La Tirana, y en un montón de otras más pequeñas, la dinámica devocional es muy parecida. En Arica tenemos las peñas, además de un montón de fiestas en los pueblos del interior que demuestran la devoción a María. Es increíble lo asociada a la Virgen que tienen los bailes religiosos.

A propósito de la Virgen del Carmen, ¿qué elementos de su figura crees que atraen a tantos peregrinos que llegan a venerarla en esta fecha?

María tiene un tema: es una imagen muy protectora, es la conexión con lo trascendente, lo que va más allá de lo que vemos, tocamos y oímos. Entonces, María tiene esto de ser muy maternal, protectora, y muy vinculada a un pueblo muy esforzado que se manifiesta, que dice que la vida no le resulta fácil. Justamente, en ellos está la religiosidad, acompañando el camino cotidiano.

La celebración cuenta con 210 espectáculos de bailes provenientes de Iquique, Alto Hospicio, Pozo Almonte, Calama, Tocopilla, Antofagasta, María Elena, Copiapó, Ovalle, La Serena, Coquimbo y Santiago.

¿Qué papel tienen los jesuitas en esta fiesta?

La presencia de la Compañía está muy metida dentro de esta experiencia de bailes y devoción. Hasta hace poco no conocía La Tirana, venía del sur, y me encontré con un mundo increíble. Nos hemos involucrado desde hace mucho tiempo. Aquí se le tiene mucho cariño a Fernando Salas, por ejemplo, y a otros jesuitas se les recuerda mucho. Somos mirados como pastores, como guías de sus procesos, de sus estructuras que no siempre son fáciles de llevar adelante. Nos hemos involucrado a través del asesor jesuita de los bailes religiosos que tiene un peso enorme, porque lo que diga él es muy importante.

Rezar es bailar: Una experiencia religiosa y el Bailarín Silencioso

La fiesta popular durará hasta el domingo 20 de julio y cada caluroso día contará con sacramentos, confesiones, eucaristías, cursos, adoraciones, procesiones y por supuesto baile. Sin terminar la fría noche, cada participante sacará su traje, preparado durante todo el año y los colores dorados, verdes, rojos y azules resaltarán entré dragones y diabladas. Enormes y coloridas máscaras dispuestas desde temprano en honor a la Virgen protectora.

El movimiento y los rituales transforman esta experiencia en única, como cuenta el P. Marcelo Oñederra SJ.: “Hay algo que toca su interioridad(…) Se presentan en un espacio que se convierte en un lugar sagrado. Es muy diferente a la iglesia tradicional, existen jerarquías, pero son más horizontales. No es solo folclore, cada espacio, cada instrumento es una comunicación con Dios. Cuando portas un traje este es una vestimenta sagrada que no puede ser utilizada para otra cosa que no sea bailar. Incluso, cuando una persona deja de bailar, se lo devuelve a la Virgen o se lo dona a otro bailarín, pero no puede ser utilizado para otra cosa que no sea una experiencia religiosa”.

Oñederra destaca la religiosidad y el profundo compromiso de la gente: “El Bailarín del Silencio que no escuchando la música que toca su banda, porque esta se pierde en medio de la bulla de todas las muestras que están en la plaza, sin embargo, es capaz de escuchar la música interior que le ha quedado grabada. Una vez le comenté a una niña y me dijo: ‘no escucho nada’. Y cómo lo haces para bailar, le pregunté. ‘La escucho adentro’, me dijo. Eso es una experiencia religiosa, que a diferencia de otras más racionales es voluntaria y va de niños a adultos”.

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