Opinión jesuita: Resurrección
Por: Rubén Morgado, S.J.
La pascua judía se inicia con el canto del Shéma Israel. En hebreo “escucha Israel”. Este canto litúrgico consiste en la memoria de todas las acciones de liberación realizadas por el Señor en favor de su pueblo. La segunda lectura toma la salida de Egipto como parte fundamental de la historia del pueblo de Israel. Y hoy, me pregunto, ¿Qué tenemos que escuchar? ¿Qué tenemos que percibir de la acción de Dios que se nos está olvidando?
Estamos en un día de fiesta, en un día de alegría. ¿Cuál es la alegría que celebramos? No podemos separar la resurrección de la cruz. En ese sentido, ¿qué puede significar la Resurrección en ese contexto?
Tal vez siguiendo el Evangelio es preciso hablar de mujeres. Pues si consideramos seriamente el Evangelio de Lucas, son ellas las primeras que ven y creen. Además, haciendo memoria de mi propia historia, en general cuando comienzo a pensar en personas pobres, pareciera ser que la pobreza tiene género, es decir es femenina.
Entonces les presento algunas fotos de mujeres. Como verán no hay ningún dispositivo instalado para proyectar nada, porque la esencia de la fotografía no es la imagen en sí misma. Sino que se trata de hacer encuadres sobre ciertos elementos de la realidad que sirven de plataforma para mostrar un estado de espíritu de la persona que con su cámara capta la fotografía. En cierto sentido, quien fotografía siempre hace un encuadre no sobre la realidad, sino más bien sobre algún recóndito espacio de su alma. En este caso intentamos dejarnos guiar no por nuestra propia interioridad, sino que nuestra mirada esté habitada por la mirada de Cristo, y de Cristo resucitado. Les comparto algunas imágenes que se me vienen.
Escucha Israel a Bary Aisatou. Bary es una mujer de Costa de Marfil. Un país de la costa atlántica de África. Durante un año estuvimos trabajando juntos en un proyecto de teatro, en una ONG que trabajaba por los derechos de los demandadores de asilo en Francia. Trabajar con teatro en esos contextos implica flexibilidad, pues la gente atiende sus celulares, la vida a veces llama de maneras inusitadas y por mucho respeto que me merezca el teatro, la vida siempre tiene y tendrá la preeminencia. En una de esas interrupciones, Bary recibe una llamada de su país de origen. Me mira con sus ojos de negro ébano, y su cuerpo cubierto de ropa occidental: “acabo de perder todo el contacto con mi país”, y sus ojos se deshojaron en lágrimas. La historia de Bary es simple, ella es una musulmana. Huyó de su país pues fue obligada a casarse siendo una niña todavía, con un hombre mucho mayor. Soportó durante años varios maltratos y el portar el velo integral impuesto a las mujeres de los creyentes más radicales de esa religión. Huyó y llegó a Francia, donde el día que recibió el llamado supo que su amiga había muerto, que era el único contacto que tenía con su país, pues no podía hablar con su familia, ya que si la ubicaban la buscarían para repatriarla a fin de cumplir sus deberes de esposa. Me acuerdo que unos meses después nos encontramos y ella ya tenía su residencia francesa. Había pasado de ser una inmigrante ilegal a ser una refugiada, estatuto que le acordaba una cierta seguridad social.
La pregunta que me surgió es: ¿cuál es la justa alegría que hay que tener? Vuelvo a Bary y la veo sonreír mientras me contaba su nueva situación. Sonreía con una cierta paz, sin exageraciones. Su alegría era justa. La miraba y me recordaba de los estudios de teología. Santo Tomás cuando habla de la resurrección dice que consiste en estar en la memoria de Dios. Es decir, Dios no se olvida de los que pequeños y débiles. Una canción litúrgica del p. Esteban Gumucio, dice: “y en el silencio nombraba, al hombre uno por uno, y lo que el barro manchaba, sus ojos lo hicieron puro”. Jesús, a quien hemos acompañado todo este fin de semana, no se olvida de sus hijos e hijas. Gracias a la sonrisa de Bary, pero también de otras pobres, he descubierto que yo también —y cada uno y cada una de nosotros— tiene un lugar en el corazón de Dios. Si comienzo por estas situaciones tan dramáticas, no es por deseo de sordidez, sino precisamente para darnos esperanza. La muerte no tiene la palabra definitiva. Para Bary no la tuvo. Para nosotros tampoco. ¿Cuáles son tus lugares necesitados de resucitar? ¿Qué alegría ya has descubierto? ¿Cuál es tu historia de salvación?
Me recuerdo de otra mujer: Arlette Farge, una atea e historiadora francesa, quien fue la que estudió los archivos del siglo XVIII para fornecer las informaciones a Michel Foucault, uno de los más grandes filósofos franceses de la segunda mitad del siglo XX. Ella decía que, cada vez que hojeaba las páginas de los archivos, esas personas resucitaban en sus estudios.
Escucha Israel a Chile. Me parece que aquí en Chile haríamos bien en volver a hojear nuestros archivos y hacer resucitar nuestros muertos. Somos un pueblo que de olvido en olvido avanza en el tiempo. Este año son 40 años del golpe de estado; tal vez es preciso visitar ese lugar de la historia, pero no sólo ese, sino que otros olvidos: las pacificaciones de la Araucanía, las situaciones del norte grande y sus obreros, los sufrimientos de gente que ha perdido tierras, en fin, nuestra fracturada historia, con el propósito de poder encontrar una paz sobre una verdad compartida. Creo que esto puede hacernos bien. Me parece que se los debemos a las generaciones actuales y futuras. Tal vez esto lo digo muy marcado, por el hecho de haber visitado el día jueves santo el museo de la memoria con estudiantes de un colegio de Cerro Navia y ver cómo comprendían cosas que sus familiares habían vivido. Pero al mismo tiempo, precisamente, aparecía el deseo, la sed de construir un país en el cual la violencia sea erradicada. ¿No sería este gesto de paz profunda un bello gesto que demuestra que la resurrección es posible? ¿No sería acaso un legado y una resurrección mayor? Insisto, yo busco, no tengo respuesta… pero creo que poner las buenas preguntas a veces ayuda a encontrar respuestas más creativas.
Me parece que tanto en la situación personal como en la situación del país hay piedras removidas. Lugares de resurrección. Lugares en los cuales hemos visto la acción de Dios.
La última foto que me gustaría presentarles es la de mi hermana. Mi hermana es una psicóloga agnóstica, sí, en mi familia hay espacio para la diversidad. Alguna vez estuve trabajando en las favelas de Manaus, en la Amazonía Brasileña. Un domingo me acompañó a la celebración de una misa. Viendo la unión entre la alegría de los cantos y la vida de la gente dijo: “Si Dios existe, está aquí…”. Me hace pensar que en nuestra vida, tal como la vida de esa comunidad de Santa María, está llamada a ser un reflejo de esa justa alegría. La alegría habitada por el Salvador. Cierto, hay mucha tumba en nosotros que sigue cerrada, pero la verdad es que el cristianismo le puso fin a la tragedia, al fatalismo. ¿De qué manera nosotros vamos a avanzar hacia un anuncio justo y verdadero del resucitado?
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